Santiago Doménech

Mi perfil periodístico

FUTURO DEL PERIODISMO

  El primer día de clase, un veterano profesor de Ciencias de la Información planteó la siguiente pregunta:

¿Cuál es el futuro del Periodismo?

La buena disposición de los estudiantes al pedir la palabra confirmó al profesor que la nueva generación de aspirantes al oficio no parecía haber perdido sentido crítico. Lo que sí parecía haber perdido, se podía interpretar en base a las respuestas, fue algo de fe en la profesión.

  En las intervenciones se escuchó más hablar de inseguridades que de certezas. Daba la sensación de que el temor se había impuesto al entusiasmo y que la confusión ensombrecía a la oportunidad. Las valoraciones desordenadas expuestas en el agitado debate se podían resumir en una frase: el periodista del futuro parecía cuestionar su razón de ser.

  El clima que se vivía en el aula, impropio de un primer día de clase, llevó al profesor a reconducir la discusión desde otro prisma.

        — Y, ¿por qué habéis elegido esta profesión?

  Imperó entonces la calma y la respuesta mayoritaria de que el periodismo, pese a todo, sí tiene futuro.

El periodismo sí tiene futuro. De eso caben pocas dudas. Es una afirmación que no sólo comparten los mejores teóricos de la profesión sino también la gran parte de los ciudadanos que no concibe mejor manera de conocer lo que sucede en un instante determinado en el mundo si no es bajo el buen hacer de un experto de la información. La duda irrumpe en escena cuando el periodista se pregunta cómo encauzar el camino hacia el futuro. Hoy, más que nunca, la profesión siente la acuciante necesidad de hallar respuesta a esta cuestión.

      En primer lugar, cabe recordar que el periodista es un ser que se caracteriza por tomar el pulso a la vida y mostrar posteriormente el diagnóstico a la gente. En este papel de intermediador entre suceso y sociedad, el periodista está obligado a ajustar constantemente su indumentaria profesional a la medida exacta del marco social. Un buen ejemplo lo tenemos en los últimos años con las nuevas tecnologías, que han permitido que la información fluya a enorme velocidad comprometiendo también al periodista a trabajar con mayor diligencia.

        El periodista está asumiendo ese papel después de haber sufrido dos problemas que, en muchos casos, todavía hoy siguen coleando. El primero es de adaptación ya que muchos medios reconocían no tener fórmula para adaptarse a las nuevas formas de recepción de información. El segundo, de previsión, ya que el periodismo previó con serias dificultades que las nuevas tecnologías de la información se iban a presentar, casi sin llamar a la puerta, para hospedarse en el nuevo panorama informativo.

      El periodista del futuro, cree este redactor, estará más atento a los cambios sociales, como consecuencia de esta precipitada experiencia. Deberá ser un informador que escuche con especial atención a la Sociología a fin de estar a la altura de la sociedad, a la Filosofía y Ciencia Política para entender qué y cómo seremos, y a la Economía para comprender por qué lo seremos. Un comunicador que observe con precisión milimétrica las tendencias sociales y digitales para seguir haciendo bandera de su faceta de buen intermediador entre el hecho de interés y el interés de la gente. El futuro del periodismo está garantizado en una sociedad que va a seguir recibiendo miles de informaciones diarias porque la sociedad va a seguir requiriendo el filtro de veracidad que brinda el periodista.

    Internet es sinónimo de futuro. En pocos años se ha convertido en el mayor contenedor de información por excelencia. Esta realidad ha provocado la eclosión de dos nuevas figuras periodísticas que hoy podrían estar firmando años de actividad profesional. La primera es la del periodista depurador. Es la figura que se encarga, como queda escrito, de potabilizar la información en una inundación de datos virtuales. La segunda es la del periodista distribuidor. Este papel profesional se ocupa de posicionar eficazmente las noticias en las páginas web para que puedan ser más visitadas y, por ende, traducidas a mayores ingresos económicos. Se trata de un perfil periodístico innovador que ocupa terreno del marketing pero que conviene ser visto con una enorme prudencia. El periodista está autorizado para entenderse con el marketing pero difícilmente lo estará para arrodillarse ante él en nombre del periodismo. Lo que parece confirmarse es que, con sus virtudes y defectos, estos dos actores se han sumado a la aventura, tan compleja como apasionante, de construir el periodismo del futuro.

        La Red está dotada para difundir a la sociedad el mayor número de informaciones en menor tiempo posible. En este punto, el periodismo tiene que resolver una incógnita: ¿Es posible adaptar las noticias periodísticas al ritmo y al lenguaje que ofrece Internet? Esta cuestión se la formulé hace unas semanas al veterano periodista Iñaki Gabilondo. Le planteé, concretamente, si creía que en un futuro sería posible ajustar extensas publicaciones del calibre de las obras de Gabriel García Márquez al ritmo veloz y al lenguaje spot que dominan en Internet. La respuesta de Gabilondo fue la siguiente:

“A Gabriel García Márquez ya no se le pediría lo que entonces se le pedía. Ahora tendría que hacer de una misma noticia una crónica, un apoyo, un recuadro, un resumen…, porque la información hoy se vive así. En horas, minutos y segundos. Es una gran novedad que está produciendo grandes transformaciones.”

   Gabilondo añadía una tesis que suscribe este redactor y es que se ha perdido calidad a medida que se ha ganado inmediatez. El periodismo del futuro, me gustaría pensar, habrá detectado y solventado ese problema. Será capaz de encontrar el equilibrio entre fabricar un producto de calidad y publicarlo con celeridad. Es un reto mayúsculo ya que la descripción de una buena perspectiva contextualizada requiere, por naturaleza, una complejidad alejada de los 140 caracteres y una detención reñida a la difusión urgente.

       Internet tiene todas las papeletas de seguir siendo en un futuro una buena ventana a la información. Su amplio abanico de opciones ha provocado una mayor democratización. Cualquier ciudadano tiene hoy más oportunidades de opinar, de recibir opiniones; y de elegir contenidos y generarlos. Una tendencia que no amenaza, como algunos temen, a la función del periodista. Contar con la voz de los ciudadanos es, más bien, una oportunidad para el informador ya que, bajo el contraste, puede hacer con mayor rigor un baremo de interés.

    Internet, reitero, seguirá siendo una ventana a la información aunque a muchos nos cuesta creer que vaya a ser la única ventana. La Red, por su estructura genética, no tiene capacidad para apoderarse de todo el terreno cultivado por los medios tradicionales.

     Mi idea de periodismo de futuro no contempla un dilema entre blanco y negro. Pasa por una convivencia de formatos de los medios de comunicación y una pluralidad de modelos de financiación. La empresa decide su mejor apuesta y el consumidor elige su mejor opción. De ahí proviene mi conclusión de que Internet es una magnífica evolución pero no una estricta revolución. Un proyecto que llega con el afán de construcción y no de demolición.

    Cuando se debate el futuro del periodismo en las universidades, en conferencias o en tertulias, la mayor parte del tiempo se dedica para hablar sobre trasformaciones técnicas, a veces en tono apocalíptico, y de las nuevas claves de negocio; pero poco se discute, a mi juicio, qué elementos de la profesión se mantendrán intactos.

     El periodismo del futuro creo que seguirá manteniendo su calificación de ‘profesión excepcional’. Es excepcional desde el momento en el que un joven se decanta por estudiarla en una facultad. Un estudiante vocacional sabe, desde el primer momento, que su futura talla profesional no dependerá de la universidad. Al contrario que en las facultades de Medicina, Ingeniería o Derecho, el mejor calibre para confirmar quién destaca en Periodismo no está sólo en un expediente académico sino en la experiencia que haya cosechado fuera del aula. Porque la universidad tradicional se limita a definir los parámetros de una buena perspectiva, pero la mejor y más amplia visión se logra, literalmente, a pie de calle.

     La titulación de Periodismo seguirá haciéndose valer no con la superación de unos créditos académicos sino con muchos años de trayectoria. Algo así defendía el histórico periodista norteamericano Gay Talese hace tres años. Uno de los considerados padres del periodismo moderno afirmaba que con sus entonces ochenta años siempre se había sentido “como un novato, un recién llegado, un forastero”. En definitiva, siendo que la visión del periodista se nutre más de la experiencia que de la academia, el periodismo se entiende mejor como un oficio que como una profesión.

      El periodismo del futuro también mantendrá su carácter excepcional en su condición de oficio inestable e imperfecto. Es una montaña rusa que pasa del éxito al fiasco, y viceversa. Cualquier periodista consagrado, me atrevo a decir, puede dar constancia de ello. Dicho esto, parece más apropiado que sean las aptitudes las que desafíen a las circunstancias y no las circunstancias las que inmovilicen a las aptitudes.

     Llegarán mejores tiempos para ejercer la profesión. No lo dudo. Pero el periodismo creo que difícilmente ejercerá su labor en un paisaje idílico. Los más veteranos nos cuentan a los jóvenes universitarios que es un oficio que en reiteradas ocasiones está inmerso en alguna crisis. Sin duda es un oficio que transcurre como la vida misma que relata.

     El periodismo del futuro seguirá estando sostenido por personas que crean firmemente en un compromiso social más que en una ambición económica, avalando la tesis de Ryszard Kapuscinski de que la verdad deja de ser importante cuando la información se convierte en un negocio. Periodistas que crean que ante todo está el compromiso de mantener informada a la gente. Desde explicar en qué se gasta nuestro dinero el poder hasta contar qué inesperado suceso ha ocurrido en el barrio de enfrente. Porque el periodismo tiene sentido en la gente. En quienes recompensan a los informadores con un nivel de fidelidad y quienes evalúan su honestidad. Porque la credibilidad ni se compra ni se estudia. La credibilidad se gana.

     El autor de estas páginas espera ver en un futuro un periodismo más de calle y menos de despacho. Un periodismo que dedique más tinta para hacer autocrítica y ahorre más papel para hacer sentencia. Que publique informaciones con más matices y con menos etiquetas. Un periodismo de raza y menos de galería.

     El periodismo del futuro se quedará en buenas manos si los futuros periodistas siguen respetando y defendiendo su razón de ser. Personas que recurran a la honestidad para responder a dilemas profesionales, cuyo conocimiento nunca sacie a su curiosidad. Personas que se caractericen por su escepticismo; que duden, incluso, de evidencias universales. Personas que les apasione escuchar al otro para prestar atención a una historia exclusiva que transcurre en un contexto irrepetible.

   Por estas y otras muchas razones los aspirantes al oficio entendemos que la profesión, pese a todo, sí seguirá teniendo sentido. Ahora al periodismo, especialmente a las nuevas generaciones, le queda afrontar la misión más difícil: pensar cómo escribir las páginas del futuro que no está escrito.

Ensayo escrito en marzo de 2015.

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